miércoles, 17 de octubre de 2007



¿Cómo empezó a vivir?.Preguntas y más preguntas ...sin apenas respuestas.La vida, ¿qué es?.Un sin fin de apresurados episodios que conducen al mar de los recuerdos, al océano del olvido, del silencio.Atravesar puertas y pasillos que no conducen a ningún lugar.Esclarecer pasados, revivir momentos sin más.Ahora, ¿qué es ésto?.¿Dónde está?.Nadie lo supo jamás.Tal vez fue una eternidad en un simple momento, no más.






Sentada allí, escribía.El Archivo estaba repleto de personas, unas estudiaban, otras se miraban , aquella de allí se mordía las uñas; los de más allá, se besaban.Fue curioso, emocionante, descubrir ese lugar.



Un día, no muy lejos del de hoy, comenzó a andar por las calles, sin rumbo fijo.El sol acariciaba su pelo, lo envolvía, lo clarificaba; dándole ese tono rubio, dorado, tan cálido.Sus pasos eran seguros, sin prisas, sin pausas.La mirada, ¡qué mirada!, perdida, lanzada al vacío, a ese cielo tan azul, tan limpio, tan claro.Percibía el olor del azahar por las calles, en el viento, el cual, soplaba vagamente, reposadamente, envolviendo con dicha fragancia todos los ambientes, todos los entornos, todos los medios a su alcance.Caminaba, y en su pasear retrocedía en su pensamiento, iba cada vez más allá.



Pasó por un antiguo edificio , leyó el cartel de la puerta principal, y, se vió adentrándose en él.Un poco llevada por la curiosidad, otro poco, movida por algo que no podría explicar.Transcurrió por pasillos, se paró a observar una puerta de madera, puede que de estilo mozárabe, no sabría precisarlo bien, pues no entendía de arte.La contempló, observó todos y cada uno de sus grabados, el acabado mate , las ranuras, las rendijas, su color.Era inmensa.Después subió por unas escaleras antiguas, de piedra y, absorta, fue ascendiendo hasta llegar a un descansillo.Había tres puertas de grandes cristaleras, una de ellas abierta.Optó por entrar allí.Un hombre, un bedel, tras una mesa- la miró-. "Buenos días " - le musitó-.El hombre contestó: "buenos días".Siguió adelante, una vez más tuvo que que abrir otra puerta.Tras ella, una sala, muy común a cualquier biblioteca.Mesas de madera rectangulares, amplias, con sillas, más bien cómodas a simple vista.Tubos fluorescentes, colgados del techo, alumbraban cada mesa.Ventanales, también de madera.Al fondo nuevamente una cristalera; ésta, separaba a una bibliotecaria del resto del personal.Junto a la cristalera, una estanteria, repleta de libros, muy completa.A la derecha, nada más entrar, otras puertas conducían a otras salas similares a ésta.Los suelos eran de losetas arcillosas, antiguas.Echó una rápida ojeada a todo ésto y optó por una mesa cercana, junto a un balcón.Ya sentada, abrió su carpeta, extrayendo de ella un par de folios.Del bolsillo de su chaqueta cogió un lápiz.Indispensable -pensó-.Miró a través de la ventana.Un abeto muy alto ocultaba más de la mitad del panorama que se divisaba por ella.Empezó a escribir.Las palabras fluían con una rapidez desbordante, casi sin pensar.Su mano tenía que acostumbrarse a ser tan rápida como su pensamiento, o aún más.



Frente a ella, un muchacho subrayaba sus apuntes.Por lo que pudo ver eran de Derecho.Un futuro abogado - se dijo a sí misma-.Los tacones de aquella chica llenaban la sala.A su alrededor, murmullos.Aún así, ella, continuaba escribiendo.Describía, en su relato, un campo verde, florido, iluminado por el Sol y matizado por los colores primaverales.Comentaba cómo su personaje favorito paseaba por él, cómo los rayos del Sol calentaban su espalda, la nitidez del día, el trinar de los pájaros, el lenguaje de los árboles meciéndose con el viento.Todo era armonía.De pronto, se dió cuenta de que el tiempo había pasado muy rápido; miró el reloj,y, sintiéndose molesta por esta indeseable pausa, recogió sus cosas y marchó a su casa.